Como me lo había prometido, les cuento mi traducción
del original del último libro de la saga del mago más
famoso del mundo literario. No sé por cuánto tiempo podré
mantenerla aquí. Sólo lo hago mientras la traducción
oficial no aparezca en tinta sobre papel. Espero que todos puedan disfrutarla.
Las distintas partes de Las Reliquias de la Muerte son:
| 1.-
El Ascenso del Señor de las Tinieblas |
19.-
La Cierva Plateada |
| 2.-
En Memoria... |
20.-
Xenophilius Lovegood |
| 3.-
La Partida de los Dursley |
21.-
El Cuento de los Tres Hermanos |
| 4.-
Los Siete Potters |
22.-
Las Reliquias de la Muerte |
| 5.-
Guerrero Caído |
23.-
La Mansión Malfoy |
| 6.-
El Espíritu en Pijamas |
24.-
El Fabricante de Varitas |
| 7.-
El Testamento de Albus Dumbledore |
25.-
La Cabaña de Campo |
| 8.-
La Boda |
26.-
Gringotts |
| 9.-
Un Lugar para Esconderse |
27.-
El Escondite Final |
| 10.-
La Historia de Kreacher |
28.-
El Espejo Desaparecido |
| 11.-
El Soborno |
29.-
La Diadema Perdida |
| 12.-
La Magia es Poder |
30.-
La Destitución de Severus Snape |
| 13.-
La Comisión de Registro de los Nacidos Muggles |
31.-
La Batalla de Hogwarts |
| 14.-
El Ladrón |
32.-
La Varita de Saúco |
| 15.-
La Venganza del Duende |
33.-
La Historia del Príncipe |
| 16.-
El Valle de Godric |
34.-
De Nuevo el Bosque |
| 17.-
El Secreto de Bathilda |
35.-
King's Cross |
| 18.-
La Vida y Mentiras de Albus Dumbledore |
36.-
El Defecto en el Plan |
Epílogo: Diecinueve Años Después |
Bueno,
empecemos con el primero.
El
Ascenso del Señor de las Tinieblas
Los
dos hombres aparecieron de la nada, separados por unos pocos metros en
un angosto sendero iluminado por la luna. Por un segundo se quedaron quietos,
apuntándose con las varitas el uno al pecho del otro: luego, habiéndose
reconocido, las guardaron bajo sus capas y se pusieron a caminar rápidamente
en la misma dirección.
—¿Alguna novedad? —preguntó el más
alto de los dos.
—La mejor. —respondió Snape.
El sendero estaba bordeado a la izquierda por
poco crecidas zarzamoras, a la derecha con un seto alto y pulcramente
recortado. Las largas capas de los hombres flameaban alrededor de sus
tobillos mientras marchaban.
—Pensé que podría llegar tarde, —dijo
Yaxley, sus rasgos embotados deslizándose dentro y fuera de la
vista cuando las ramas de los árboles colgantes interrumpían la luz de
la luna—. Fue un poco más engañoso de lo que pensaba. Pero espero
que esté satisfecho. Pareces confiar en que tu recepción será buena.
Snape asintió, pero no se explicó. Giraron a la
derecha, a un amplio camino de acceso en el que desembocaba el sendero.
El alto seto se curvaba con ellos, extendiéndose en la distancia más allá
del par de impresionantes verjas de hierro que interrumpían el camino
de los hombres. Ninguno de ellos dio un paso; en silencio ambos alzaron
sus brazos izquierdos en una especie de saludo y pasaron a través del
metal oscuro como si fuera de humo.
Los
setos de tejo amortiguaban el sonido de los pasos de los hombres. Se oyó
un crujido en algún lugar a su derecha; Yaxley sacó su varita de nuevo
apuntando sobre la cabeza de su compañero, pero la fuente del ruido probó
ser nada más que un pavo real blanco, pavoneándose majestuosamente sobre
el tope del seto..
—Siempre le va bien a Lucius. Pavos
reales... —Yaxley metió su varita de vuelta bajo su capa con
un resoplido
Una hermosa casa solariega surgió en la oscuridad
al final del recto camino, con luces destellando en las ventanas con forma
de diamante del piso inferior. En algún lugar del oscuro jardín más allá
del seto una fuente estaba en funcionamiento. La grava crujió bajo sus
pies cuando Snape y Yaxley se apresuraron hacia la puerta principal, que
se abrió hacia adentro ante su aproximación, aunque no había nadie visible
que la abriera.
El living era grande, pobremente iluminado y suntuosamente
decorado, con una magnífica alfombra que cubría la mayor parte del suelo
de piedra. Los ojos de los retratos de caras pálidas en las paredes siguieron
a Snape y Yaxley mientras los pasaban a grandes zancadas. Los dos hombres
se detuvieron ante una pesada puerta de madera que conducía a la siguiente
habitación, dudaron durante el espacio de un latido de corazón, y luego
Snape giró el pomo de bronce.
El estudio estaba lleno de gente silenciosa, sentada
a una larga mesa ornamentada. El mobiliario usual de la habitación había
sido empujado descuidadamente contra las paredes. La iluminación provenía
de un rugiente fuego bajo una hermosa chimenea de mármol sobre la que
había un espejo dorado. Snape y Yaxley se demoraron un momento
en el umbral. Cuando sus ojos se acostumbraron a la falta de luz, fueron
atraídos hacia arriba por el rasgo más extraño de la escena, una figura
humana aparentemente inconsciente que colgaba boca abajo sobre la mesa,
revolviéndose lentamente como suspendida por una cuerda invisible y reflejada
en el espejo y en la desnuda y pulida superficie de la mesa de abajo.
Ninguna de las personas sentadas bajo esta visión singular estaba mirándola
excepto un joven pálido sentado casi directamente bajo ella. Parecía incapaz
de evitar mirar hacia arriba más o menos a cada minuto.
—Yaxley, Snape, —dijo una voz alta
y clara desde la cabecera de la mesa—. Llegan convenientemente tarde.
El que habló estaba sentado directamente
ante el fuego, así que fue difícil, al principio, para los recién llegados
divisar algo más que su silueta. Cuando se acercaron, sin embargo, su
cara brilló a través de las sombras, sin cabello, con aspecto de serpiente,
con hendiduras por nariz y brillantes ojos rojos cuyas pupilas eran verticales.
Estaba tan pálido que parecía emitir un brillo perlado.
—Severus, aquí, —dijo Voldemort, señalando
el asiento a su inmediata derecha—. Yaxley... al lado de Dolohov.
Los dos hombres ocuparon sus lugares asignados.
La mayoría de los ojos alrededor de la mesa siguieron a Snape, y fue a
él a quien Voldemort habló primero.
—¿Y?
—Mi Señor, La Orden del Fénix intenta trasladar
a Harry Potter de su actual lugar seguro el próximo sábado, al anochecer.
El interés alrededor de la mesa se agudizó palpablemente.
Algunos se tensaron, otros se inquietaron, todos mirando fijamente a Snape
y Voldemort.
—Sábado... al anochecer, —repitió
Voldemort. Sus ojos rojos se fijaron en los negros de Snape con tanta
intensidad que algunos de los observadores apartaron la mirada, aparentemente
temerosos de que ellos mismos resultaran quemados por la ferocidad de
la mirada. Snape, sin embargo, devolvió la mirada tranquilamente a la
cara de Voldemort y, después de un momento o dos, la boca sin labios de
Voldemort se curvó en algo parecido a una sonrisa.
—Bien. Muy bien. Y esta información proviene
de...
... de la fuente que hemos discutido, —dijo
Snape.
—Mi Señor.
Yaxley se había inclinado hacia adelante para
mirar mesa abajo hacia Voldemort y Snape. Todas las caras giraron hacia
él.
—Mi Señor, yo he oído algo diferente. —Yaxley
esperó, pero Voldemort no habló, así que siguió—. A Dawlish, el
Auror, se le escapó que Potter no será trasladado hasta el día treinta,
la noche antes de que el chico cumpla diecisiete.
Snape estaba sonriendo.
—Mi fuente me dijo que hay planes para dejar
un falso rastro; éste debe ser. No hay dudas de que Dawlish está
bajo un encantamiento Confundus. No sería la primera vez; se sabe que
es susceptible.
—Le aseguro, mi Señor, que Dawlish parecía
bastante seguro, —dijo Yaxley.
—Si estaba confundido, naturalmente que
está seguro, —dijo Snape—. Yo te aseguro,
Yaxley, que la Oficina de Aurores no tomará más parte en la protección
de Harry Potter. La Orden cree que tenemos infiltrados en el Ministerio.
—La Orden tiene razón en algo entonces,
¿verdad? —dijo un hombre bajo y grueso sentado a corta distancia
de Yaxley; soltó una risita silbante que fue repetida como eco aquí y
allá a lo largo de la mesa.
Voldemort no rió. Su mirada había vagado hacia
arriba hasta el cuerpo que se revolvía lentamente en lo alto, y parecía
estar perdido en sus pensamientos.
—Mi señor, —siguió Yaxley—. Dawlish
cree que toda una partida de Aurores se ocupará de trasladar al chico...
Voldemort alzó una larga mano blanca y Yaxley
se calmó al instante, observando resentido como Voldemort volvía a girar
hacia Snape.
—¿Dónde van a ocultar al chico a continuación?
—En la casa de un miembro de la Orden, —dijo
Snape—. El lugar, según la fuente, ha sido equipado con toda protección
que la Orden y el Ministerio juntos pudieron proporcionar. Creo que habrá
poca oportunidad de tomarlo una vez que esté allí, mi Señor, a menos,
por supuesto, que el Ministerio haya caído antes del próximo sábado, lo
cual podría darnos la oportunidad de descubrir y deshacer los suficientes
encantamientos como para romper el resto.
—Bien, ¿Yaxley? —llamó Voldemort mesa
abajo, la luz del fuego iluminaba extrañamente sus ojos rojos—.
¿Habrá caído el Ministerio para el próximo sábado?
Una vez más, todas las cabezas giraron. Yaxley
cuadró los hombros.
—Mi Señor, tengo buenas noticias sobre ese punto.
He... con dificultad y después de grandes esfuerzos... tenido éxito al
colocar una maldición Imperius sobre Pius Thicknesse.
Muchos de los sentados alrededor de Yaxley parecieron
impresionados; su vecino, Dolohov, un hombre con una larga y retorcida
cara, le palmeó la espalda.
—Es un comienzo, —dijo Voldemort—.
Pero Thicknesse es sólo un hombre. Scrimgeour debe estar rodeado por nuestra
gente antes de que yo actúe. Un atentado fallido contra la vida del Ministro
me hará retroceder un largo tramo del camino.
—Sí... mi Señor, eso es cierto... pero ya sabe,
como Jefe del Departamento de Refuerzo de la Ley Mágica, Thicknesse tiene
contacto regular no sólo con el propio Ministro, sino también con los
Jefes de todos los demás departamentos del Ministerio. Será, yo creo,
fácil ahora que tenemos a un oficial de tan alto rango bajo nuestro control,
subyugar a los otros y después pueden trabajar todos juntos para someter
a Scrimgeour.
—Mientras nuestro amigo Thicknesse no sea descubierto
antes de convertir al resto, —dijo Voldemort—. En cualquier
caso, parece improbable que el Ministerio vaya a ser mío antes del próximo
sábado. Si no podemos tocar al chico en su destino, debe hacerse mientras
viaja.
—Tenemos ventaja ahí, mi Señor, —dijo
Yaxley, que parecía decidido a recibir alguna porción de aprobación—.
Ahora tenemos a varias personas plantadas dentro del Departamento de Transporte
Mágico. Si Potter se aparece o utiliza la red flu, lo sabremos inmediatamente.
—No hará ninguna de las dos cosas, —dijo
Snape—. La Orden está esquivando cualquier forma de transporte que
esté controlada o regulada por el Ministerio; desconfían de todo lo que
tenga que ver con ellos.
—Todavía mejor, —dijo Voldemort—.
Tendrá que salir a campo abierto. De lejos, más fácil de tomar.
De nuevo Voldemort levantó la mirada hacia el
cuerpo que se revolvía lentamente mientras continuaba, —me ocuparé
del chico en persona. Se han cometido demasiados errores en lo que a Harry
Potter concierne. Algunos de ellos han sido míos. Que Potter viva se debe
más a mis errores que a sus triunfos.
La compañía alrededor de la mesa observaba a Voldemort
con aprensión, cada uno de ellos, por su expresión, temiendo que pudiera
ser culpado por la continua existencia de Harry Potter. Voldemort, sin
embargo, parecía estar hablando más para sí mismo que para ninguno de
ellos, todavía dirigiéndose al cuerpo inconsciente sobre él.
—He sido descuidado y así me he visto frustrado
por la suerte y la oportunidad, demoledoras nada más y nada menos que
de los planes mejor trazados. Pero ahora sé más. Entiendo lo que
no entendía antes. Yo debo ser quien mate a Harry Potter y lo haré.
Ante esas palabras, aparentemente en respuesta
a ellas, sonó un repentino aullido, un terrible y desgarrador grito de
miseria y dolor. Muchos de los sentados ante la mesa miraron hacia abajo,
sobresaltados, por el sonido que había parecido surgir de debajo de sus
pies.
—Colagusano, —dijo Voldemort, sin
cambiar su tono tranquilo y pensativo y sin apartar los ojos del cuerpo
que se removía arriba—. ¿No te he dicho que mantuvieras a nuestro
prisionero tranquilo?
—Sí, m...mi Señor, —jadeó un
hombrecillo en mitad de la mesa, que había estado sentado tan abajo en
su silla que ésta había parecido, a primera vista, estar desocupada. Ahora
se enderezó de su asiento y salió a toda prisa de la habitación, dejando
tras él nada más que un curioso destello plateado.
—Como estaba diciendo, —continuó Voldemort,
mirando de nuevo las caras tensas de sus seguidores—. Ahora entiendo
mejor. Necesitaré, por ejemplo, tomar prestada la varita de uno de ustedes
antes de ir a matar a Potter.
Las caras a su alrededor no mostraron nada menos
que sorpresa; podría haber anunciado que quería tomar prestado uno de
sus brazos.
—¿Ningún voluntario? —dijo Voldemort—.
Déjenme ver... Lucius, no veo razón para que sigas teniendo una varita.
Lucius Malfoy levantó la mirada. Su piel parecía
amarillenta y cerosa a la luz del fuego y sus ojos estaban hundidos y
sombríos. Cuando habló, su voz era ronca.
—¿Mi Señor?
—Tu varita, Lucius. Requiero tu varita.
—Yo...
Malfoy miró de reojo a su esposa, que estaba mirando
directamente hacia adelante, tan pálida como él, su largo cabello rubio
colgando por su espalda, pero bajo la mesa sus dedos esbeltos se cerraron
brevemente sobre la muñeca de su esposo. Ante su toque, Malfoy metió la
mano en la túnica, retiró una varita y la pasó a Voldemort,
que la sostuvo en alto delante de sus ojos rojos, examinándola atentamente.
—¿Qué es?
—Olmo, mi Señor, —susurró Malfoy.
—¿Y el centro?
—Dragón... nervio de corazón de dragón.
—Bien, —dijo Voldemort. Sacó su propia
varita y comparó sus longitudes.
Lucius Malfoy hizo un movimiento involuntario; durante una
fracción de segundo pareció como si esperara recibir la varita de Voldemort
a cambio de la suya. El gesto no le pasó por alto a Voldemort, cuyos ojos
se abrieron maliciosamente.
—¿Darte mi varita, Lucius? ¿Mi varita?
Algunos de la multitud rieron con disimulo.
—Te he dado tu libertad, Lucius, ¿no es
suficiente para ti? Pero he notado que tú y tu familia parecen menos felices
que antes... ¿Qué hay en mi presencia en tu casa que te disguste, Lucius?
—Nada... ¡nada, mi Señor!
—Qué mentiras, Lucius...
La suave voz pareció sisear incluso después de
que la cruel boca hubiera dejado de moverse. Uno o dos de los magos apenas
reprimieron un estremecimiento cuando el siseo creció en volumen; algo
pesado podía oírse deslizándose por el suelo bajo la mesa.
La
enorme serpiente emergió para escalar lentamente por la silla de Voldemort.
Se alzó, pareciendo interminable y fue a descansar sobre los hombros de
Voldemort; su cuello era más grueso que el muslo de un hombre; sus ojos,
con sus hendiduras verticales por pupilas, no parpadeaban. Voldemort acarició
distraídamente a la criatura con largos dedos finos, todavía mirando a
Lucius Malfoy.
—¿Por qué los Malfoy parecen tan infelices
con su suerte? ¿No es mi retorno, mi ascenso al poder, lo que proclamaban
desear durante tantos años?
—Por supuesto, mi Señor, —dijo Lucius
Malfoy. Su mano temblaba cuando se limpió el sudor del labio superior—.
Lo deseábamos... lo deseamos.
A la izquierda de Malfoy su esposa hizo un extraño
y rígido asentimiento, sus ojos evitando a Voldemort y a la serpiente.
A su derecha, su hijo, Draco, que había estado mirando fijamente hacia
arriba al cuerpo inerte en lo alto, miró rápidamente hacia Voldemort y
apartó la mirada una vez más, aterrado de hacer contacto ocular.
—Mi Señor, —dijo una mujer oscura
en mitad de la mesa, su voz sonaba constreñida por la emoción—,
es un honor tenerlo aquí, en la casa de nuestra familia. No puede haber
mayor placer.
Sentada junto a su hermana, tan diferente a ella
en aspecto, con su cabello oscuro y ojos de párpados pesados, como lo
era en aguante y comportamiento; donde Narcissa se sentaba rígida e impasible,
Bellatrix se inclinaba hacia Voldemort, como si las meras palabras no
pudieran demostrar su anhelo de estar más cerca.
—No mayor placer, —repitió Voldemort,
su cabeza se inclinó un poco a un lado mientras evaluaba a Bellatrix—.
Eso significa mucho, Bellatrix, viniendo de ti.
La cara de ella se inundó de color, sus ojos se
llenaron de lágrimas de deleite.
—¡Mi Señor sabe que no digo más que la verdad!
—No mayor placer... ¡ni siquiera comparado
con el feliz evento que, según he oído, ha tenido lugar esta semana en
tu familia!
Ella le miró, con los labios separados, evidentemente
confusa.
—No sé lo que quiere decir, mi Señor.
—Estoy hablando de tu sobrina, Bellatrix.
Y la de ustedes, Lucius y Narcissa. Se acaba de casar con el hombre lobo,
Remus Lupin. Deben estar tan orgullosos.
Hubo una explosión de risas sarcásticas alrededor
de la mesa. Muchos se inclinaron hacia adelante para intercambiar miradas
divertidas, unos pocos golpearon la mesa con los puños. La gran serpiente,
disgustada por el disturbio, abrió la boca de par en par y siseó furiosamente,
pero los mortífagos no la oyeron, tan jubilosos estaban ante la humillación
de Bellatrix y los Malfoy. La cara de Bellatrix, tan ruborizada de felicidad
momentos antes, se había vuelto de un feo y manchado rojo.
—No es sobrina nuestra, mi Señor, —gritó
sobre el regocijo—. Nosotros... Narcissa y yo... nunca volvimos
a ver a nuestra hermana desde que se casó con el sangre sucia.
Esa mocosa no tiene nada que ver con ninguna de nosotras, ni ninguna bestia
con la que se haya casado.
—¿Qué dices tú, Draco? —preguntó Voldemort
y aunque su voz era queda, fue llevada claramente a través de las risotadas
y abucheos—. ¿Cuidarás los cachorros?
El regocijo creció; Draco Malfoy miró aterrorizado
a su padre, que miraba a su propio regazo, luego captó la mirada de su
madre. Ella sacudió la cabeza casi imperceptiblemente, después reasumió
su propia mirada impasible hacia la pared opuesta.
—Basta, —dijo Voldemort, acariciando
a la furiosa serpiente—. Basta.
Y la risa murió al instante.
—Muchos de los árboles de nuestras familias
más antiguas se han vuelto un poco descuidados con el paso del tiempo,
—dijo mientras Bellatrix lo miraba fijamente, sin aliento e implorante—.
Ustedes deben podarlo para mantenerlo saludable, ¿verdad? Corten aquellas
partes que amenazan la salud del resto.
—Si, mi Señor, —susurró Bellatrix
y sus ojos se inundaron de nuevo con lágrimas de gratitud—. ¡A la
primera oportunidad!
—Debes hacerlo, —dijo Voldemort—.
Y en tu familia, al igual que en el mundo... debemos cortar el cáncer
que nos infecta hasta que sólo los de la sangre auténtica permanezcan...
Voldemort alzó la varita de Lucius Malfoy, apuntándola
directamente a la figura que se revolvía lentamente suspendida sobre la
mesa y le dio una pequeña sacudida. La figura volvió a la vida con un
gemido y empezó a luchar contra ataduras invisibles.
—¿Reconoces a nuestra invitada, Severus?
—preguntó Voldemort.
Snape alzó los ojos hacia la cara que estaba bocabajo.
Todos los mortifagos estaban mirando a la cautiva ahora, como si les hubieran
dado permiso para mostrar curiosidad. Cuando volvió la cara hacia la luz
del fuego, la mujer dijo con voz rota y aterrada. —¡Severus! ¡Ayúdame!
—Ah, sí, —dijo Snape cuando la prisionera
volvió a girar lentamente hacia otro lado.
—¿Y tú, Draco? —preguntó Voldemort,
acariciando el hocico de la serpiente con la mano libre de la varita.
Draco sacudió la cabeza como tonto. Ahora que la mujer había despertado,
parecía incapaz de seguir mirándola.
—Pero tú no debes haber tomado sus
clases, —dijo Voldemort—. Para aquellos de ustedes que no
lo saben, se nos ha unido aquí esta noche Charity Burbage quien, hasta
hace poco, enseñaba en la Escuela Hogwarts de Magia y Hechicería.
Hubo pequeños ruidos de comprensión alrededor
de la mesa. Una mujer ancha y encorvada con dientes puntiagudos cacareó—.
Sí... la profesora Burbage enseñaba a los hijos de brujas y magos todo
sobre los muggles.... cómo ellos no son tan diferentes a nosotros...
Uno de los mortifagos escupió en el suelo. Charity
Burbage volvió la cara de nuevo hacia Snape.
—Severus... por favor... por favor.
—Silencio, —dijo Voldemort, con otro
golpe de la varita de Malfoy y Charity cayó en silencio como amordazada—.
No contenta con corromper y contaminar las mentes de niños magos, la semana
pasada la Profesora Burbage escribió una apasionada defensa de los sangre
sucia en El Profeta. Los magos, dijo, deben aceptar estos ladrones de
su conocimiento y magia. La disminución de los pura sangre es,
dice la Profesora Burbage, una circunstancia de lo más deseable.... Ella
haría que todos nosotros nos emparejáramos con muggles... o, sin duda,
con hombres lobo...
Nadie rió esta vez. No había duda de la furia
y el descontento en la voz de Voldemort. Por tercera vez, Charity Burbage
se revolvió para enfrentar a Snape. Corrían lágrimas desde sus ojos hasta
su cabello. Snape le devolvió la mirada, impasible, mientras ella giraba
otra vez lentamente.
—Avada Kedavra.
El destello de luz verde iluminó cada rincón de
la habitación. Charity cayó con un resonante golpe sobre la mesa de abajo,
que tembló y se partió. Varios de los mortífagos saltaron hacia atrás
en sus sillas. Draco cayó de la suya al suelo.
—La cena, Nagini, —dijo Voldemort
suavemente y la gran serpiente se balanceó y se deslizó de su hombro hasta
la pulida madera.
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Capítulo
2
Firma
Mi Libro De Visitas
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